Irán, un tesoro escondido

Hay países que han sido vedados a los ojos de los extranjeros. Es el caso de la República Islámica de Irán, una nación que debido a los repetidos conflictos políticos se ha mantenido en un profundo aislamiento. Era un diciembre alrededor de Navidad cuando decidí de ir. Recuerdo que la gente me miraba con incredulidad y me preguntaba si sabía bien dónde me metía.

Conocí lo mejor del país tomando transporte público pisando las provincias de Kerman donde me encuentro en grandes estepas y inhóspitos desiertos de arena con la desgraciada ciudadela medieval de Bam. La provincia de Fars para conocer Persépolis y su capital Shiraz, conocida como la ciudad de las flores y los poetas. Pero el mayor tesoro de Irán es Isfahan. Monumental y cosmopolita, destila la elegancia y refinamiento de la cultura persa.

Pero Irán no todo es desierto ni monumentos ya que tiene un mundo verde en la costa del Caspio: bosques, campos de té, arrozales inundados… el norte de Irán es una tierra fértil que baja desde los 4.000 metros de las montañas Alborz hasta el mismo mar.

Ya antes de partir me sucedían imágenes que había vivido en todo el viaje: la inmensidad del paisaje, la belleza de las mezquitas y palacios, Persépolis, el bullicio de los bazares, tantas conversaciones hechas de gestos y sonrisas… Y una sensación: la de dejar un país en plena evolución. Un país de gente corriente, que aspira a un futuro mejor.

La anécdota mala del viaje es que la mayoría de fotografías que hice con la cámara analógica se perdieron. Se ve que cuando hacía fotos los carretes de diapositivas no avanzaban y yo sin enterarme. Era una señal para volver de nuevo!

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