Recuerdo que, cuando dije que me iba a las islas de Nusa Tenggara, contemplé caras de sorpresa a mí alrededor. Como es natural, aunque el nombre te  suena a islas del Pacífico, el lugar no es nada conocido. Son islas situadas en el archipiélago de Indonesia, entre Bali y Australia. Las Nusa Tenggara o islas del sudeste, las forman las islas de Sumba, Timor, Flores, Komodo, Sumbawa y Lombok, entre otras menores. Yo era consciente de que en un mes no tendría tiempo de conocerlas todas y, además, quería tomarme este viaje con mucha tranquilidad, es decir, que si encontraba un lugar que me gustase, me quedaría; si me invitaba una familia, no podría decir que no; si llegaba a una playa virgen, pues permanecería en ella; si había un funeral, pues asistiría. Por lo tanto, deseaba hacer un viaje sin prisas, a mi estilo, a lo “The quite traveler”.

Era mi tercer viaje a Indonesia. Quizá pensaras: “¿Otra vez, Indonesia?”. Pues sí, porque cada vez quedan menos países que se mantengan íntegros, excepto las islas del Pacífico.

Indonesia es un país inmenso, que tiene 13.700 islas y una variedad étnica y cultural de las más ricas de Asia. Dentro de la propia Indonesia no se puede comparar Irian Jaya con Java, Bali con Lombok, Sumba con Timor o las Molucas con Sumatra. Dispone de muchas facilidades de desplazamiento, la gente es abierta y hospitalaria, y la vida es muy barata, por lo tanto, también lo es viajar.

Las islas de Nusa Tenggara tienen una amplia red de transportes que me permitió circular de isla en isla cogiendo aviones pequeños de veinte plazas. Pero debía organizarme muy bien, ya que no había vuelos diarios a las islas. En cambio, el transporte terrestre se basaba en autobuses y bemos. Para no tener que depender de unos horarios siempre inexistentes, escogí el taxi privado, que consistía en ir de “paquete” en una moto.  Dado que el trabajo es escaso, muchos jóvenes ahorran para comprarse una moto, la utilizan como transporte público, así pueden pagarla y ganan algo de dinero. Desde el pueblo base donde residía, con un motorista pacté el itinerario que haríamos cada día. Fue una buena manera de conocer los mejores lugares de la isla.

SUMBA

Después de hacer una escala en Bali, llegue a la isla de Sumba. Tiene una cultura animista tan rica como fascinante, ritos funerarios particulares y una belleza tanto paisajística como rural intacta. Es la isla menos visitada y, por lo tanto, la más desconocida.

Campos de arroz, Waingapu

La isla está dividida en dos regiones: el este y el oeste de Sumba. Al este, Waingapu fue la puerta de entrada a la isla y el primer contacto con los sumbaneses.

Niña, Bandomarotto

Alli fue donde establecí la base para conocer los poblados conocidos por los famosos ikats, las telas hechas a mano más famosas del país. Los diseños, muy expresivos y de vivos colores, son representaciones históricas y muestran una variedad de motivos muy sorprendentes: árboles, ciervos, serpientes, caballos, figuras humanas, etc.

En cambio, el oeste es más tradicional, siendo Waikabubak el pueblo base para conocer y recorrer todos los pueblos tradicionales de la zona, llamados también kampungs. El sur posee las playas más bonitas y espectaculares de toda Nusa Tenggara.

En el este de Sumba, por aquellas casualidades del destino, me alojé en casa de un noble en el poblado de Prailiu, al lado de Waingapu. Era, para hecernos una idea, el alcalde del pueblo. En Sumba, la riqueza viene dada por las posesiones; cuantos más terrenos y animales (búfalos, caballos, cerdos) tiene una persona, más rico es considerado por los demás. Me acogió una familia numerosa de ocho hijos y con ellos pude compartir pequeñas fiestas familiares como un miembro más de la familia.

El kepala desa, jefe del poblado de Waikabubak

Empecé a impregnarme de las costumbres y aprendí a comportarme en situaciones muy diferentes de mi cultura. La vida en Sumba gira en torno a los cultivos, a las aves  de corral y al betel.

Campos de arroz de Malolo

Cada vez que visitaba un poblado tenía que pedir permiso al kepala desa, jefe del poblado, para que me permitiese entrar.  Éste me sacó una bandeja donde me ofrecía betel y yo a él. Es la manera tradicional de dar la bienvenida a los visitantes. Aunque no lo quisiera probar, me lo tenía que meter en el bolsillo.

Masticar la nuez de betel es una práctica habitual que tiene propiedades estimulantes y da fuerza para poder continuar el día. Las nueces de betel se mezclan con hojas que se llenan con cal muerta y otras sustancias que se utilizan para masticarlas. Hacen que se produzca mucha saliva roja, que se escupe y que tiñe la boca y los dientes, provocando que se caigan con el paso del tiempo. Otrora, la belleza de las mujeres se medía por la rojez de la boca.

Preparando el betel

Me sorprende su cultura animista ya que su pequeño universo gira alrededor del marapu, los espíritus presentes en todo momento de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte. De hecho, antes de cualquier acto con un mínimo de importancia –un viaje, una boda, el inicio de una cosecha, la construcción de una casa– apelarán al marapu, con la finalidad de asegurarse un buen resultado o un desenlace feliz.

El oeste de Sumba es un paraíso tropical intacto. Me gustó mucho más que el este de la isla. Sorprenden sus fantásticas casas rurales o kampungs, levantadas en forma de pirámide sobre pilares de troncos. Siempre siguen un patrón exacto y se construyen según una unidad social y ritual. Se suelen agrupar en torno a las tumbas de piedra de sus antepasados. Aunque ya las había visto al este, estas construcciones son aún más impresionantes, ya que los techos son más altos y elaborados. Hay que destacar los poblados de Ratenggaro y Rangabake; sin duda los que más me han sorprendido. Además, se encuentran situados en lugares idílicos al lado del mar. En esta zona de la isla la gente me recibió con mucha curiosidad y como en toda Sumba, después de la risueña bienvenida mediante el habitual “Hello Mister!!”, demostrándome una vez más lo mucho que les gusta que un occidental se interese por su cultura.

Tradicional kampung, Ratenggaro

Por suerte, aún quedan playas en el mundo donde los seres humanos aún no han intervenido. Me refiero a las playas de Marosi y Rua. Los sumbaneses viven de espaldas al mar y sólo lo utilizan para pescar. Por lo tanto, se puede caminar completamente solo por playas espectaculares, paradisíacas y desérticas. Sí, realmente solo, sin hoteles, ni casas ni caminos. Sólo admiro el contraste de la vegetación exuberante que va a morir a la arena blanca y al mar de azul esmeralda de sus playas. Corro, camino, salto; no me puedo creer dónde estoy. He dejado pasar las horas bajo el sol tropical, buceando, recogiendo conchas por la playa. Me siento sobre las caracolas y el coral pulverizados para respirar la belleza y la tranquilidad que me rodea. Por un momento, el resto del mundo ha desaparecido más allá del horizonte.

Playa Marosi, Kadenga

Pero una de las metas que tenía pendientes en Sumba eran los funerales, muy parecidos al país toraja de Sulawesi, de los que difieren simplemente por el lugar en donde son enterrados los difuntos.

Había fallecido el señor Bunni Mesa Woleka, de 55 años, en el pueblo de Kalimbukuni. Me acerqué el día del funeral, me presenté a la familia y les pedí permiso para presenciar y fotografiar tan digna ceremonia. En señal de respeto, me vestí al igual que ellos con el vestido tradicional consistente en un turbante y un vivo sarong en torno a la cintura, del que me colgaba un cuchillo dentro de una funda de madera. La muerte es el suceso más importante en la vida de los sumbaneses. Es objeto de particulares fastos y celebraciones. Creen que si se le hace una gran fiesta al difunto, éste se convertirá en antepasado y velará por el bienestar, la salud y por la suerte de su prójimo.

Todo empezó a primera hora de la mañana, cuando fueron llegando los más de doscientos invitados, al ritmo de la música de los gongs de bronce. Llevaban regalos para los familiares del difunto, a quienes dieron el pésame. Consistían en búfalos, caballos o cerdos, que llegaron engalanados para la ocasión, y también de telas de ikat y coronas de flores de ropa. Todos los invitados se sentaron bajo la gran carpa que se había montado para acogerlos. Luego aguardaron a que diera comienzo la ceremonia religiosa en la que el sacerdote cristiano metodista pronunciara su sermón, acompañado de una coral interpretando emotivos cantos. Acto seguido ya es la hora de comer y la familia ha preparado un gran bufé en donde no falta de nada. Una vez satisfechos los estómagos, llega la apoteosis final de la ceremonia: el sacrificio de los animales. Se sacrifican en un número proporcional a la riqueza de la familia del difunto. Para mi fue un sufrimiento difícil de soportar. Apareció el primer búfalo arrastrado por diez hombres, mientras el matador tenía el cuchillo listo para practicarle un corte seco en el cuello, haciendo que la sangre brote como una fuente. El animal aún tiene fuerzas para negarse a morir de esa manera tan cruel, pero en pocos minutos cae abatido por la pérdida de sangre, que se esparce a su lado como un río rojo. Uno tras otro, los sacrificios se repiten hasta dar muerte a un total de once búfalos. Esto les produce una verdadera euforia. No tuvieron suficiente, e hicieron lo mismo con un caballo. Eso ya fue el punto final de una gran ceremonia sangrienta que acabó con el descuartizamiento de todos los animales muertos para sacarles las tripas y la carne, que después fue repartida entre todos los invitados. A mi también me toco mi parte.

Ceremonia de un funeral en Kalimbukuni

A continuación el difunto fue enterrado con ofrendas simbólicas de comida, adornos, ropa, joyas y betel para masticar.

Unos días más tarde, tuve la ocasión de asistir a otro funeral, ese día en el mismo Waikabubak. Había fallecido la madre de un conocido político del pueblo.

Lo que les separa de nosotros es el concepto de la muerte: para nosotros es un adiós, y para ellos es un viaje a otra dimensión.

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