La isla de Socotra junto con otras pequeñas islas, conforma un archipiélago en el océano Índico a unos 350 kilómetros de la costa de la península Arábiga. Con una extensión de 130 kilómetros de largo por 35 kilómetros de ancho, Socotra pertenece al Yemen, un país de una inmensa riqueza cultural, con profundísimas tradiciones y grandes valores lingüísticos y artísticos dentro del mundo árabe.

Por su privilegiada posición en el estrecho de Aden pasaron etíopes, portugueses, británicos, griegos o árabes del sur atraídos por las resinas olorosas de los árboles del incienso, de la mirra o del drago. Para la isla también pasaron el apóstol Santo Tomas y el viajero Marco Polo.

Hace 10 millones de años se separó del cuerno de África y, desde entonces, es como si el tiempo no hubiera pasado. Debido este aislamiento geológico tiene una espectacular flora endémica con más de 300 plantas que no se encuentran en ningún otro lugar del globo. Hoy es uno de los grandes santuarios de la biodiversidad declarada en 2008 Patrimonio Mundial Natural.

Desde que bajas en el pequeño aeropuerto, después de un viaje de más de 2 horas desde el continente, reconoces que no ha sido fácil llegar y ya percibes que este sitio es único. De hecho hasta 1999 el único acceso era por mar.

La población más grande de la isla es Hadibo con unos 10.000 habitantes. No deja de ser un pueblo sin orden, donde la gente vive literalmente gran parte de su vida cotidiana en la calle, junto a sus puestos de venta, familia y animales domésticos. Calles sucias y polvorientas no da gusto pasear sino fuera por el mercado del pescado, el único atractivo de Hadibo.

Los socotris son originarios de la península arábiga, India, o Somalía, viven unas cuarenta mil personas en toda la isla. Se dedican a actividades de subsistencia como la ganadería, agricultura o la pesca. Pescan tiburones, atunes y langostas, cultivan dátiles y ahora también mantienen rebaños de cabras y vacas.

Hablan socotri, una lengua de raíz semítica anterior al islamismo con influencias indias y africanas. Esto la hace una lengua absolutamente incomprensible. Suerte del idioma de los ojos y la sonrisa que siempre ayudan.

Una escuela en Hadibo

La mejor manera de conocer la isla es alquilando un 4X4. Tiene pocas carreteras asfaltadas sólo una que recorre la isla de este a oeste y una que se interna hasta las alturas del corazón de la isla. Vas descubriendo que es mucho más que un viaje, es una aventura en el tiempo, a un lugar que parece no existir en nuestro planeta.

Pero lo que hace que Socotra sea única es su vegetación, que la convierte en la 10ª isla más rica del mundo en diversidad vegetal. De sus 850 especies vegetales 1/3 son endémicas siendo vestigios de plantas que existieron en África hace miles de años.

El primer lugar donde te das cuenta que estás fuera del tiempo, es Homhil. Aquí vivo una mezcla de magia y incredibilidad con toparme con estos árboles milenarios y una luz que me acompaña durante el día y el atardecer que lo hace un lugar mágico.

Atardecer en Homhill con los arboles de sangre de dragón

Aquí veo por primera vez los árboles más representativos de la isla, conocido como el árbol de sangre de dragón, por su llamativa sabia de color rojo. Sus gigantescas ramas son características de los árboles prehistóricos teniendo un promedio de vida de 300 años. Su sabia roja es usada para fines medicinales, para decorar la cerámica nativa y para barniz de los violines que mejora su sonido.

Otra de las plantas típicas de la isla es la Rosa del desierto de casi tres metros de altura de formas achaparradas que puede albergar en su interior cientos de litros de agua. Es un árbol simpático de tronco en forma de botella también llamado de pata de elefante coronado por un penacho de ramas y flores de colores rosáceos.

Árbol de la Rosa del Desierto

El árbol Euphorbia tiene una sabia lechosa que es venenosa y puede quemar la piel. Se utiliza para atontar a los peces y asi la pesca resulta más fácil.

El aloe que crece en la isla es muy apreciada por sus cualidades como uso medicinal y cosmético.

Hay el árbol del pepino otra especie endémica de cuerpo grueso y ramas pequeñas. Son una reliquia en la isla donde han crecido de forma inalterable desde hace cientos de años.

El árbol del incienso cierra el círculo de grandes especies endémicas de Socotra. Tiene varios usos como antiinflamatorio e incienso. De hecho, se dice que el incienso Bíblico fue probablemente un extracto de la resina de este árbol. Tuvo un gran valor económico en la antigüedad incluso se pagaba más que el oro.

Salgo a pie de Homhil por la montaña en dirección a la costa con unas vistas cautivadoras y así conocer los pueblos de pescadores que viven al borde del mar. Una costa sin pueblos, y los pocos que encuentras, las casas están construidas con muros de piedra de coral que dan la espalda al mar como si no quisieran ver esta maravilla turquesa que les rodea.

Viven en condiciones de vida más que rudimentarias, cuando aún la mayoría de ellos no dispone de electricidad, agua corriente ni ninguna infraestructura básica. Eso sí, todas sus actividades están regidas por unas normas tradicionales de conservación de su ecosistema. Buscan unanimidad y la aprobación de los más ancianos y la pesca en redes está prohibida.

Una visita al único museo de la isla donde a través de fotografías antiguas, utensilios y textil te hace comprender cómo vivía la gente cuando la isla estaba desconectada del mundo.

La música tradicional yemení forma parte del hogar y de las grandes ceremonias. Por la noche conozco la música que se divierten los jóvenes de la isla. La llaman «Mawalid» donde la letra de las canciones hace referencia a la vida cotidiana con una música que a mi me suena muy repetitiva y pesada. Como instrumentos tenían unos tambores hechos de piel de cabra y madera del árbol del dragón que acompañaban a la música.

Socotra tiene tres tipos de terrenos: estrechas llanuras costeras donde las olas del mar baten contra playas inmaculadamente blancas, una meseta de piedra caliza con cuevas kársticas y las montañas Haggier donde los picos de 1.600 metros de altitud parecen llegar hasta las nubes.

Cuevas que son visitables como la Cueva Hoq. Pese a no estar explotada la visita se hace en linternas y vigilar por donde pisas por el suelo resbaladizo. Incluso se han encontrado escrituras rupestres.

Es una isla de muchos contrastes: de las cuevas a las enormes dunas de Arher que con el paso de los años la arena se ha ido acumulando junto a la carretera y ya superando el centenar de metros de altura. Cuando cae la tarde, la textura del mar de arena va cambiando a medida que el sol baja. Aquí el esplendor se conjuga con un juego de luces y sombras que se suceden mientras el viento sopla levantando minúsculos granos de arena. Es realmente un espectáculo impresionante !!.

Dunas de Arher

Y como final del día el cocinero me deleitaba cada noche con una cena de carne o pescado fresco comprado a los pescadores de la isla.

La isla tiene un interior alto y abrupto con unos paisajes sorprendentes donde la montaña llega a una costa absolutamente desierta.

Una vez llegas a las montañas de Mumi te das cuenta de la naturaleza tan impresionante y curiosa, salida de la prehistoria y mágicamente preservada hasta ahora.

Y de una cueva aparece un personaje que toda su vida ha vivido en ella. Es el ermitaño Shalafen que me invita a conocer su hogar. Cuando lo ves por primera vez impresiona todo sucio y en barba, grita mucho cuando habla pero me invita a un té. Vive de las cabras y de lo que le lleva a la gente. Se encuentra muy feliz ya que es donde Dios lo ha encomendado en este lugar mágico para él con vistas a las montañas. Hablamos de su vida, del infierno, de los que venimos de fuera y estamos encerrados en ciudades como cárceles. Un personaje muy interesante que al final me desea mucha suerte en el camino de la vida. Adiós Shalafen !!.

El ermitaño Shalafen preparando el té

Recorriendo la isla paso por muchos valles o wadis, el nombre que le llaman ellos. Son oasis con pequeños riachuelos y grandes palmerales que dejan piscinas donde invita a bañarse.

Sigo por estos caminos donde la naturaleza no deja de sorprenderme. Socotra sigue siendo un desafío, pero también un reto cada vez más atractivo para viajeros comprometidos con el eco-turismo en lugares remotos.

Y de nuevo a la costa en las dunas de Hayf donde una ligera brisa hace resbalar estos granos de arena de color blanquecino sobre mis huellas. Me quedo solo embriagado por la naturaleza con un cielo de un azul profundo, que me acompaña en este mar de dunas donde el viento, como si fuera un pincel sobre una espátula, trabaja paciente y modulando la arena. Estas dunas van a parar al mar de aguas turquesas y arena blanca.

Pero para los que nos gusta caminar, dormir bajo las estrellas sin grandes comodidades y despertar en lugares casi salvajes, este es el viaje. Durmiendo en cobertizos en la playa, no necesitas nada más. Te duermes con el ruido del viento y las olas, observando el millón de estrellas que iluminan la isla despertándome las primeras luces del amanecer donde el saco de dormir aún conserva tibias las telarañas del sueño. Apenas comienza un nuevo día. Me he sentido un privilegiado!!.

Por las noches dormía en cobertizos delante la playa con los millones de estrellas que me acompañaban

Regreso al interior de la isla, al wadi Derhur donde las vistas del cañón son impresionantes con unos acantilados que te quitan el aliento. Agrupados en enormes formaciones que dibujan el perfil de las montañas, entro en el bosque Fermhin, conocido por los millones de árboles de dragón que encuentran. Algunos de ellos tienen 500 años de antigüedad.

Wadi Derhur con vistas al cañón

El camino de bajada me hace temblar, suerte que una vez abajo me espera una piscina natural de un agua transparente que junto con el silencio que se respira y el calor que desprende, invita a un baño.

La costa norte es un extenso litoral de más de 70 kilómetros de playas vírgenes de arenas blancas y el agua translúcida impoluta. En el extremo oeste de esta costa esta Qalansiya, la segunda población de la isla. Un paseo por las calles de esta población costera te hace acercarte más con los niños que salen gritando de sus casas a punto para que les hagas fotos. Todas los lugares que pisaba era muy bien recibido por la gente abierta, amable y curiosa con el extranjero disfrutando siempre de unas comidas de pescado fresco del día.

Pero este lugar es conocido porque tiene las playas más bonitas de la isla. Detwa es una extensa lengua de arena blanca que se hunde por momentos en el azul turquesa del agua. Un mar donde las olas casi te mecen y el único sonido son las gaviotas volar.

Playa de Detwa

Y ya como despedida del viaje la enorme y prístina playa de Shoab de aguas turquesas y cristalinas donde otro ermitaño me abre las puertas de su cabaña.

Socotra es un lugar como surgido de un sueño. Hay algo ancestral y prehistórico que la hace mágica, aunque en el fondo todo obedezca a las más simples leyes de la naturaleza, a la fuerza de un eterno aislamiento que ha calado en una fauna y una flora como no se conocen en ningún otro lugar del planeta, libres de la presión y la voracidad de los animales de pastoreo, pero también del hombre.

Hay paraísos que no están hechos para la vida humana porque son perfectos para el desarrollo vegetal o animal, quizás Socotra sea uno de ellos.

La isla es una de las más bonitas que me haya podido imaginar. No es fácil llegar, pero es uno de los viajes exóticos más interesantes que he podido hacer, acercándome a una tierra primitiva, potente y absolutamente diferente. Socotra es un prodigio de la naturaleza que pretende seguir blindado al impacto del desarrollo. Que así siga para siempre.

 

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